El 23 de febrero de febrero de 1997 un periódico de información general, The Observer, anunciaba al mundo la clonación de una oveja adulta. Las reacciones, en muchos casos exacerbadas, se multiplicaron desde todos los frentes sociales y se inició un intenso y acalorado debate que, si bien continua, ha ido menguando la radicalidad en las posturas de uno y otro “bando”.
Desde algunas instancias de enorme relevancia pública se erigieron voces clamando contra la clonación. Argumentaban, y argumentan, va contra la ética, contra la moral y contra la dignidad del ser humano. En un Déjà vu oscurantista, se revivieron mitos propios de la ciencia ficción y la imaginación desbordada, como la “cría” de clones destinados a repuestos para sus “humanos originales”, y se reactivó el debate sobre el momento en el que un embrión deja de ser una célula o conjunto de células para convertirse en un ser humano de pleno derecho con el objetivo de enterrar la clonación antes incluso de que los científicos pudieran conocer a fondo sus verdaderas posibilidades.
Tampoco se quedaron cortos algunos de los defensores de la libertad de investigación con células madres, cuando profetizaban esperanzas y sueños como verdades científicas a corto y medio plazo: órganos de repuesto, curación de las enfermedades degenerativas y de los grandes males médicos de la sociedad actual. La panacea en forma de alteración del proceso biológico justificaba cualquier línea de investigación y las consideraciones éticas y legales debían ser condicionadas por la obtención de este bien superior.
Ambas posturas, enrocadas en su teleologísmo particular, cometían el error, o así parece con diez años de perspectiva, de enzarzarse por un tema superado como era la clonación, recordemos que desde los años 80 se habían conseguido pasos importantes en esta dirección, pero siempre partiendo de células embrionarias, y obviar el tema realmente importante no era el clon sino su procedencia. El gran hito no fue crear a Dolly, sino hacerlo a partir de una célula de glándula mamaria que fue “reprogramada” para hacer una función que, por naturaleza, no le correspondía.
La tramitación de la nueva Ley de Investigación Biomédica, que coincide con este aniversario, está viendo la luz en un momento propicio y parece que el debate político se alejará de las demagogias y utopías que en uno y otro sentido se desataron hace diez años. Sin ser tan tolerante como la ley inglesa de 2001, que permite, entre otras cosas, crear embriones con el único fin de la investigación, abre la vía de la investigación con los sobrantes de los procesos de fecundación in vitro y da la oportunidad a los científicos de desarrollar en nuestro país sus investigaciones sobre las posibles aplicaciones terapéuticas de las células “reprogramadas”. Quizás esta sea la primera señal de los buenos nuevos tiempos para la bioinvestigación en España.
Esta editorial corresponde al nº 3 de la revista BioMédica (Mar-Abr 2006)