martes, 6 de marzo de 2007

La Obligación de no Innovar

En estas fechas en que la prensa, deportiva y generalista, nos bombardea con los fichajes, incorporaciones y revulsivos que incorporan los equipos profesionales de fútbol, única religión verdadera y leitmotiv de muchos españoles, parece más que evidente una continua renovación y reestructuración para conseguir cualquier objetivo que se pretenda conseguir en un entorno de máxima competencia nacional y foránea.

El ejemplo, por más pueril que nos parezca, es perfectamente extrapolable al entorno de la biotecnología. La redefinición de objetivos durante el desarrollo de un proyecto, debido a los resultados propios y ajenos; la necesidad de crear una estrategia propia y la superación de la ajena; la incorporación de los conocimientos novedosos y protocolos de trabajo que se han mostrado efectivos; la existencia de un objetivo común a varios grupos que intentan ser los primeros en conseguirlo optimizando su potencial… son sólo algunos de los “lugares comunes” del deporte y la investigación de élite.

Las incorporaciones de capital humano, llamado a aumentar la capacidad para conseguir los objetivos de una organización, no son tan fáciles como muchas veces sería deseable. Hoy en día existe en España una carencia de personal cualificado en prácticamente todas las áreas de la biotecnología, si exceptuamos a los profesionales sanitarios. Hay pocos investigadores, menos gestores profesionales cualificados y escasísimo capital privado que apueste por el sector. Por si esto fuera poco, carecemos de capacidad no ya de atraer a talentos extranjeros, sino de retener a los nacionales. Somos a los investigadores, gestores y directivos de primera línea lo que África a los buenos jugadores de fútbol

Las incorporaciones de nuevas líneas de desarrollo son la otra gran vertiente de esa capacitación para conseguir objetivos. La biotecnología ya no se reduce a su parte más conocida, la genética, sino que nuevas aproximaciones como la proteómica, la metabolómica o la nanotecnología han llegado para aportar enfoques, conocimientos y líneas de negocio complementarios e, incluso en algunos casos, parecen tener mayor potencial para nuestros investigadores y organizaciones que la propia genética. Los médicos utilizan métodos de diagnóstico, por ejemplo los chips de ADN, que contribuyen a optimizar los tratamientos. Las ramas de la biomedicina se multiplican y aumenta exponencialmente su potencial, ya no solo para tratar enfermedades o establecer diagnósticos, sino para desarrollar aplicaciones que mejoren la calidad de vida de los seres humanos. España en este aspecto, tampoco está haciendo los deberes. Muchos fondos y esfuerzos investigadores se están desperdiciando en tecnologías superadas y en proyectos y empresas que difícilmente podrán competir con organizaciones internacionales que llevan años especializados en aquello que aquí se comienza a investigar.

Quizás sea el momento de asumir riesgos y apostar por el futuro. Hay ramas de la biotecnología que están aun en pañales, como la farmacogenómica, en las que deberíamos centrar todo nuestro esfuerzo, formativo y económico. Atraer a los incipientes líderes de estas disciplinas, estimular a los investigadores con formación, trabajo y proyectos en esta línea de gran nivel, concienciar a los inversores de que hay que apostar por la vanguardia de verdad, no por el campo ya trillado, preparar gestores económicos e industriales que puedan dirigir la vertiente empresarial de los desarrollos científicos.

Aunque nuestra historia, llena de trenes perdidos, casi nos “obliga a no innovar”, parecen vislumbrarse señales que auguran un futuro prometedor para la biotecnología. Hay razones para el moderado optimismo. Puede que, si no nos relajamos y seguimos luchando por la investigación en España, esta vez aprovechemos la oportunidad. El partido ya ha empezado.

Esta editorial corresponde al nº 2 de la revista BioMédica (Ene-Feb 2006)

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